capitulo 1
Piruchero está acostado en el diván del consultorio mirando el techo. No dijo ni una palabra desde que empezó la sesión. Piruchero siempre tarda en empezar a hablar (se toma los primeros diez o quince minutos para reflexionar mirando el techo). Esta es la tercera sesión desde que inició la terapia y el gordo nunca estuvo muy cómodo en ese diván ni en ese consultorio, sentía los ojos de la terapeuta clavados en su cabeza.
De pronto la Psicóloga dejó su poltrona de cuero negro y se sentó en el borde del diván; le desprendió todos los botones de la camisa y empezó a darle besitos en el pecho. El Piruchero primero se sorprendió, pero luego aprovechó la situación para subirle la minifalda y mirarle la bombacha negra.
Piruchero es un gordo que se desempeña profesionalmente como chofer de autos de alquiler (él se considera a sí mismo un “remisero”). En sus treinta y nueve años nunca había mantenido relaciones sexuales con ninguna mujer y por ese motivo decidió iniciar un tratamiento psicológico. Ambos se desnudaron rápidamente. El gordo le abrió las piernas a la psicóloga, arriba del diván tapizado con una cuerina símil piel de leopardo, y la miró con gran curiosidad.
Piruchero nunca había estado tan cerca del sexo de una mujer. Vio muchas fotos en revistas y en la web, pero nunca había visto una vagina así, en vivo y en directo, tan cerca de su nariz. Esta situación completamente imprevista le provocó una gran excitación (al gordo se le puso dura como una roca). La Psicóloga es psicóloga psicoanalista de orientación lacaniana y experimeta audaces técnicas terapéuticas con sus pacientes.
- Póngamela bien adentro, que me gusta, dijo excitada, sin perder el tono profesional y académico que la caracteriza. El gordo la escuchó pero no dejó de chuparle las tetas. La Psicóloga se quejó por la torpeza del gordo y por sus rudos modales, pero igual se acomodó arriba del diván y lo miro lascivamente, invitándolo a penetrarla.
Piruchero introdujo su pene con fuerza en la húmeda concavidad de la lacaniana y empezó a mover bruscamente su pelvis, para adelante y para atrás.
- No acabe! gritó la licenciada. Se desprendió del gordo y corrió hasta un mueble chino que está frente al diván. Abrió una de las puertitas laqueadas y sacó un papel metalizado mientras el gordo se apretaba los huevos para no eyacular. La Psicóloga abrió cuidadosamente el papel que contenía un polvito blanco y brillante. Metió la nariz en el papel y aspiró profundamente.
- Huela esto que está rico! El gordo la imitó sin saber bien porque lo hacía, ni tampoco sabía qué era ese polvo, aunque sospechó que se trataba de una sustancia tóxica.
Por el ventanal del consultorio entraban los ruidos de la avenida Las Heras: las bocinas de los autos y de los colectivos, una lejana sirena de ambulancia y el sol de la tarde porteña.
El diván cruje por el peso de los dos cuerpos balanceándose. La merca los colocó en un estado de tal dureza que el polvo se hizo interminable, salvaje y perverso. Las uñas de la psicóloga dejaron surcos rojizos en la espalda grasienta del gordo, de la que brotaba una transpiración espesa y olorosa que impregnaba todo el consultorio.
Cuando Piruchero alcanzó el orgasmo vio estrellas rojas y verdes girar muy velozmente dentro de sus ojos, sintió pinchazos en la nuca y sus rodillas vibraron fuera de control. El gordo se masturbó diariamente durante más de veinte años sin sospechar nunca una sensación de placer y felicidad como la que el sexo de la psicóloga le dejó en todo el cuerpo. El remisero ahora está conmovido, emocionado, sensibilizado y agotado.
- Gracias… mi amor, alcanzó a decir mientras sus ojos se llenaban de lagrimas y besaba tiernamente la mejilla de la Psicóloga.
- No debería decir eso, señor Piruchero. Usted es mi paciente y no debe confundir el tratamiento con sus sentimientos, ni con sus afectos. Hoy empezó a dejar de ser un gordo imbécil, y eso no es poco por las pocas sesiones que tomó desde que inicio la terapia.
Sonó un teléfono celular. La psicóloga se disculpó y atendió (todavía estaba un poco agitada). El gordo se vistió sin apuro y el consultorio de a poco se volvió a parecer a un consultorio. Antes de irse la Psicóloga le recordó al Piruchero que le adeudaba honorarios del mes anterior. El gordo se hizo el boludo, saludó con un escueto -hasta el jueves- y se fue.
La Psicóloga terminó de acomodarse la ropa y se dirigió hacia su escritorio de vidrio con estructura de caños metálicos esmaltados de negro. Prendió su notebook Sony Vaio y se conectó a la internet. El gordo se olvidó un zoquete abajo del diván. Cómo podría interpretar eso?
Volcó todo el contenido del papel metalizado arriba del vidrio, dibujó unas líneas con la ayuda de su tarjeta de crédito Visa y las aspiró ruidosamente, mientras el logo de Yahoo aparecía en la pantalla del monitor. Luego abrió otra puerta del mueble chino y sacó una botella de Chivas Regal. Se sirvió y lo tomó sin hielo en un vaso de vidrio ámbar. Después se metió en el baño y se duchó. El gordo vuelve el jueves a las quince y cuarenta, pensó. La Psicóloga tiene los ojos almendrados y los labios delgados, usa el pelo negro y corto, es atractiva, sensual y se perfuma con Allure de Chanel.
Piruchero es un gordo que se desempeña profesionalmente como chofer de autos de alquiler (él se considera a sí mismo un “remisero”). En sus treinta y nueve años nunca había mantenido relaciones sexuales con ninguna mujer y por ese motivo decidió iniciar un tratamiento psicológico. Ambos se desnudaron rápidamente. El gordo le abrió las piernas a la psicóloga, arriba del diván tapizado con una cuerina símil piel de leopardo, y la miró con gran curiosidad.
Piruchero nunca había estado tan cerca del sexo de una mujer. Vio muchas fotos en revistas y en la web, pero nunca había visto una vagina así, en vivo y en directo, tan cerca de su nariz. Esta situación completamente imprevista le provocó una gran excitación (al gordo se le puso dura como una roca). La Psicóloga es psicóloga psicoanalista de orientación lacaniana y experimeta audaces técnicas terapéuticas con sus pacientes.
- Póngamela bien adentro, que me gusta, dijo excitada, sin perder el tono profesional y académico que la caracteriza. El gordo la escuchó pero no dejó de chuparle las tetas. La Psicóloga se quejó por la torpeza del gordo y por sus rudos modales, pero igual se acomodó arriba del diván y lo miro lascivamente, invitándolo a penetrarla.
Piruchero introdujo su pene con fuerza en la húmeda concavidad de la lacaniana y empezó a mover bruscamente su pelvis, para adelante y para atrás.
- No acabe! gritó la licenciada. Se desprendió del gordo y corrió hasta un mueble chino que está frente al diván. Abrió una de las puertitas laqueadas y sacó un papel metalizado mientras el gordo se apretaba los huevos para no eyacular. La Psicóloga abrió cuidadosamente el papel que contenía un polvito blanco y brillante. Metió la nariz en el papel y aspiró profundamente.
- Huela esto que está rico! El gordo la imitó sin saber bien porque lo hacía, ni tampoco sabía qué era ese polvo, aunque sospechó que se trataba de una sustancia tóxica.
Por el ventanal del consultorio entraban los ruidos de la avenida Las Heras: las bocinas de los autos y de los colectivos, una lejana sirena de ambulancia y el sol de la tarde porteña.
El diván cruje por el peso de los dos cuerpos balanceándose. La merca los colocó en un estado de tal dureza que el polvo se hizo interminable, salvaje y perverso. Las uñas de la psicóloga dejaron surcos rojizos en la espalda grasienta del gordo, de la que brotaba una transpiración espesa y olorosa que impregnaba todo el consultorio.
Cuando Piruchero alcanzó el orgasmo vio estrellas rojas y verdes girar muy velozmente dentro de sus ojos, sintió pinchazos en la nuca y sus rodillas vibraron fuera de control. El gordo se masturbó diariamente durante más de veinte años sin sospechar nunca una sensación de placer y felicidad como la que el sexo de la psicóloga le dejó en todo el cuerpo. El remisero ahora está conmovido, emocionado, sensibilizado y agotado.
- Gracias… mi amor, alcanzó a decir mientras sus ojos se llenaban de lagrimas y besaba tiernamente la mejilla de la Psicóloga.
- No debería decir eso, señor Piruchero. Usted es mi paciente y no debe confundir el tratamiento con sus sentimientos, ni con sus afectos. Hoy empezó a dejar de ser un gordo imbécil, y eso no es poco por las pocas sesiones que tomó desde que inicio la terapia.
Sonó un teléfono celular. La psicóloga se disculpó y atendió (todavía estaba un poco agitada). El gordo se vistió sin apuro y el consultorio de a poco se volvió a parecer a un consultorio. Antes de irse la Psicóloga le recordó al Piruchero que le adeudaba honorarios del mes anterior. El gordo se hizo el boludo, saludó con un escueto -hasta el jueves- y se fue.
La Psicóloga terminó de acomodarse la ropa y se dirigió hacia su escritorio de vidrio con estructura de caños metálicos esmaltados de negro. Prendió su notebook Sony Vaio y se conectó a la internet. El gordo se olvidó un zoquete abajo del diván. Cómo podría interpretar eso?
Volcó todo el contenido del papel metalizado arriba del vidrio, dibujó unas líneas con la ayuda de su tarjeta de crédito Visa y las aspiró ruidosamente, mientras el logo de Yahoo aparecía en la pantalla del monitor. Luego abrió otra puerta del mueble chino y sacó una botella de Chivas Regal. Se sirvió y lo tomó sin hielo en un vaso de vidrio ámbar. Después se metió en el baño y se duchó. El gordo vuelve el jueves a las quince y cuarenta, pensó. La Psicóloga tiene los ojos almendrados y los labios delgados, usa el pelo negro y corto, es atractiva, sensual y se perfuma con Allure de Chanel.


