Rock y cerveza en River Plate
La inmensa mayoría de las frases publicitarias lleva esa carga de soberbia: sólo este producto te volverá una persona exitosa, atractiva, única, mejor. Pero la arrogancia del slogan que viene rebotando desde hace un par de meses es algo abrumadora: “Vuelve el Quilmes Rock. Vuelve el rock”, anuncia el reclame del festival que comienza hoy en la cancha de River. Las apreciaciones podrían quedarse en lo del principio –toda publicidad es ante todo una canchereada bien diseñada–, pero la frase toma otra resonancia si se tiene en cuenta el estado de las cosas en la escena argentina. Después de Cromañón, efectivamente pareció que el rock dejaba de existir: clausurados los locales de música en vivo, con todos los músicos metidos en la misma bolsa y perseguidos por el delirio pirotécnico de unos pocos, con la edición discográfica amenazada por el bajo margen de ganancia y la piratería, hacer rock en Argentina se convirtió en un ascenso imposible por una cuesta demasiado empinada.
Pero el rock no dejó de existir. No es que el rock deja de existir hasta que aparece el sponsorizado megafestival salvador, mesiánico, oficializador de la escena, que le vuelve a dar entidad. En estas tierras, la música preferida por los jóvenes se resistió a ser encuadrada en fórmulas ideadas por los capitostes de turno. Sí, muchos artistas se dejan llevar y hacen una carrera basada en las reglas del juego, pero no es casual que en este país lo más interesante, lo más rico artísticamente, casi siempre haya salido de la base y no de un plan de marketing. Lo que ocurre hoy, lo que vuelve a ese slogan en un arma de doble y cínico filo, es que tras la tragedia de Cromañón ese trabajo de base fue minado, desalentado, acotado, encorsetado.
Fragmento de la nota de Eduardo Fabregat publicada en Pan y Circo.


